Kazuo Ishiguro es un escritor que ha causado polémica últimamente por su estilo. Todavía no he leído sus novelas, pero tenía muchas ganas de ver la película Never let me go. Algunos amigos me habían dicho que la novela es excelente. Y yo esperaba ansiosa su estreno en mi país.
Y pues bien, se estrenó y la fui a ver sola. Sí, sola. Es muy raro que vaya sola al cine, pero esta vez, no sé si por el trailer de la película o por lo que había leído sobre Ishiguro, pero me sentí egoísta para verla. Fui al McDonald's, me compré una Quarter Pounder con queso. Luego en el cine, pedí un combo individual de palomitas y refresco. Era un viernes, en la función de las 2:50 pm. Sí, lo sé, hasta el horario de la función era extraño. Además, el día estaba nubladísimo, ningún cachito de azul se asomaba en el cielo. Así que la atmósfera como espectadora era un poco gris. Para mí, ideal para ver esta película.
Casi como lo predije, la sala de cine para mi solita. Delicioso. Sólo yo, mi hamburguesita, algunas palomitas y mi Coca-Colita. La película básicamente trata de unos niños que viven en una especie de colegio o internado. Hay un grupo de señoras, las maestras, muy educadas, les enseñan varias cosas, entre ellas artes plásticas. Pero nunca hablan de sus padres, sólo los niños uniformados. Los cuidan mucho, procuran que estén sanos y que no se fatiguen demasiado al correr.