Never let me go



Kazuo Ishiguro es un escritor que ha causado polémica últimamente por su estilo. Todavía no he leído sus novelas, pero tenía muchas ganas de ver la película Never let me go. Algunos amigos me habían dicho que la novela es excelente. Y yo esperaba ansiosa su estreno en mi país.


Y pues bien, se estrenó y la fui a ver sola. Sí, sola. Es muy raro que vaya sola al cine, pero esta vez, no sé si por el trailer de la película o por lo que había leído sobre Ishiguro, pero me sentí egoísta para verla. Fui al McDonald's, me compré una Quarter Pounder con queso. Luego en el cine, pedí un combo individual de  palomitas y refresco. Era un viernes, en la función de las 2:50 pm. Sí, lo sé, hasta el horario de la función era extraño. Además, el día estaba nubladísimo, ningún cachito de azul se asomaba en el cielo. Así que la atmósfera como espectadora era un poco gris. Para mí, ideal para ver esta película.

Casi como lo predije, la sala de cine para mi solita. Delicioso. Sólo yo, mi hamburguesita, algunas palomitas y mi Coca-Colita. La película básicamente trata de unos niños que viven en una especie de colegio o internado. Hay un grupo de señoras, las maestras, muy educadas, les enseñan varias cosas, entre ellas artes plásticas. Pero nunca hablan de sus padres, sólo los niños uniformados. Los cuidan mucho, procuran que estén sanos y que no se fatiguen demasiado al correr.

Ponyo: ¡La vida es misteriosa y maravillosa!

Hace unos días por Hbo Family ví una película animada que me dejó impactada, tanto por la historia como por los efectos. Realmente no es una gran innovación en tecnología para animación, sino al contrario, con los efectos tradicionales, realmente produce imágenes geniales, artísticas y que impactan visualmente.

Ponyo es la historia de una niña-pez que por alguna razón está como en una especie de incubadora junto con sus miles de hermanas. Un brujo tiene el control de esta burbuja de cultivo, pero un día, por accidente, uno de los peces se escapa y un niño la encuentra y la pone en una cubeta. La adopta y le promete hacerse cargo de ella, la nombra Ponyo. El niño tiene una herida en la mano, y el pez en agradecimiento, lame su herida y lo cura de inmediato.

El brujo va en busca de su "hija-pez" y la lleva de nuevo a las profundidades del océano. Pero Ponyo, que ya ha probado la sangre humana al lamer aquella herida, empieza a desear ser igual que su amigo. Un día dice: quiero tener piernas, brazos, manos y se convierte, mágicamente, en una niña. Sus hermanas peces la ayudan a salir de la prisión océanica y la llevan en busca de su amigo.

La historia de amor que no pudo ser

Triste la historia de amor que no pudo ser

Triste esperando el beso que prometiste

Y que al final, a otra se lo diste.

Conmigo no pudo ser. ¿Por qué?

Y más triste, sabiéndolo y haciéndolo.

Y más triste, sintiendo y haciendo como

que no sentimos los dos. No pudo ser.

Pero seguimos enganchados. ¿Por qué?

La princesa está triste

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?

 Los suspiros se escapan de su boca de fresa,

que ha perdido la risa, que ha perdido el color.

La princesa está pálida en su silla de oro,

está mudo el teclado de su clave sonoro,

y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!


Chakras

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